El arco iris
El arco iris Sin embargo, la oscuridad giraba alrededor, con grises siluetas sombrías de bestias salvajes y oscuras siluetas sombrías de ángeles, a quienes la luz dejaba fuera de su cerco, como dejaba fuera a las bestias más comunes de la oscuridad. Y algunos, que habían visto la oscuridad por un instante, sabían que estaba erizada de pelaje de hienas y lobos; y algunos, que habían renunciado a la vanidad de la luz, que habían muerto en su propio engreimiento, veían el brillo en los ojos del lobo y de la hiena, que era el destello de la espada de los ángeles, el destello que invitaba a cruzar el umbral, sabían que los ángeles eran los temibles señores de la oscuridad y de nada servía negarlos, como el destello de los colmillos.
Ursula tenía veinte años cuando se acercaba la Pascua de su último curso universitario y recibió noticias de Skrebensky. El joven había escrito un par de veces desde Sudáfrica, en sus primeros meses de servicio en la guerra, y desde entonces solo muy de tarde en tarde había enviado una postal. Era teniente primero y seguía destinado en África. Hacía más de dos años que Ursula nada sabía de él.