El arco iris
El arco iris Pensaba en él a menudo. Lo veía como el brillante amanecer dorado y radiante de un largo día ceniciento y gris. Su recuerdo era como las primeras y radiantes horas de la mañana. Y a estas horas sucedía el gris ceniciento y vacío del resto del día. Ah, ¡si Skrebensky le hubiera sido fiel, ella podría haber conocido la luz del sol, en lugar de la penuria, el dolor y la degradación del día echado a perder! Él habría sido su ángel. Tenía en sus manos las llaves de la luz del sol. Aún las conservaba. ¡Podía abrirle las puertas de la libertad y la dicha! No, si le hubiera sido fiel, habría sido el umbral que conducía a su propio ser, al cielo sin límites de la dicha y la honda, inagotable libertad que era el paraíso de su alma. ¡Qué amplitud tan enorme le habría ofrecido!: el espacio ilimitable e infinito de su dicha y de la plenitud eterna de su propio ser.
Ursula únicamente creía en el amor que había sentido por él. Un amor que seguía refulgente e intacto, algo que rememorar. Y, cuando el presente le parecía un fracaso, Ursula se decía: «¡Ay, cuánto lo quería!».
Como si con él hubiera muerto la flor principal de su vida.