El arco iris

El arco iris

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Sus compañeros empezaron a retirar los taburetes y guardar los microscopios. Todo estalló en un tumulto. Veía salir a los estudiantes por la ventana, con libros debajo del brazo, hablando, todos hablando.

La invadió un inmenso deseo de marcharse. Ella también quería salir. Estaba asustada del mundo material y asustada de su propia transfiguración. Quería salir corriendo a buscar a Skrebensky: buscar a la nueva vida, la realidad.

Limpió y guardó deprisa los portamuestras, despejó su espacio en el laboratorio, deprisa, deprisa, deprisa. Quería salir corriendo a buscar a Skrebensky… Darse prisa… Darse prisa. No sabía con qué iba a encontrarse. Pero sería un nuevo comienzo. Tenía que darse prisa.

Recorrió el pasillo con pies veloces, con la cuchilla, los cuadernos y el lápiz en una mano, la bata colgada del brazo. Llevaba la cabeza alta, el rostro tenso de expectación. Pudiera ser que él no viniera.

Lo vio inmediatamente, al salir del pasillo. Lo reconoció al instante. Al mismo tiempo, era un ser extraño. Tenía ese curioso aire retraído e inseguro de los jóvenes de buena familia que tanto asustaba a Ursula. Parecía que quisiera ser invisible. Iba muy bien vestido. Ursula se negó a reconocer el escalofrío que la recorrió, como un rayo de luz glacial. Eso era él, la llave, el núcleo del nuevo mundo.


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