El arco iris
El arco iris ¿Con qué finalidad se concentraba aquella incalculable actividad física y química en esta mota difusa que se movía a la luz del microscopio? ¿Qué finalidad concentraba y creaba lo que Ursula estaba viendo? ¿Cuál era su intención? ¿Ser en sí misma? ¿Era su finalidad exclusivamente mecánica, limitada a sí misma?
Pretendía ser en sí misma. Pero ¿cómo ser? El mundo cobró de pronto un brillo extraño en sus pensamientos, una luz muy intensa, como el núcleo del organismo que observaba al microscopio. De golpe, se había adentrado en la luz de un conocimiento intensamente luminoso. No llegaba a entenderlo del todo. Solo sabía que no era energía mecánica limitada, ni mero afán de conservación y afirmación propias. Era una consumación, un ser infinito. El ser se fundía con lo infinito. Ser uno mismo constituía una luminosa y suprema victoria de lo infinito.
Ursula estaba absorta en el microscopio, intrigada. Su espíritu estaba concentrado, infinitamente concentrado en este nuevo mundo. En el nuevo mundo, Skrebensky la esperaba, estaría esperándola. Ursula aún no podía salir a recibirlo, porque su espíritu estaba concentrado. Iría muy pronto.
Una quietud, comparable a la extinción, se apoderó de ella. Muy lejos, en los pasillos, oyó que el timbre anunciaba las cinco con estrépito. Tenía que marcharse. Sin embargo, no se movía.