El arco iris

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Sin embargo, Ursula seguía fascinada por la delicada textura del rostro de Anton, por su piel. Estaba mucho más moreno, físicamente más fuerte. Se había vuelto un hombre. Ursula pensó que era su masculinidad lo que le daba aquel aire de extrañeza. Cuando no era más que un muchacho, fluido, estaba más cerca de ella. Pensó que un hombre estaba inevitablemente abocado a instalarse en aquella distancia extraña, aquella otredad fría. Hablaba, pero no se dirigía a ella. Ursula intentaba dirigirse a él, pero no lograba alcanzarlo.

Skrebensky parecía completamente equilibrado y seguro, su presencia irradiaba plena confianza. Era un magnífico jinete, y así tenía algo de la seguridad y la determinación sin fisuras propias del hombre que monta a caballo, también algo de su oscuridad animal. Su espíritu, por el contrario, se había vuelto aún más vago y tembloroso. Parecía construido por un conjunto de actos y decisiones habituales. La esencia vulnerable y cambiante del hombre era inaccesible. Ursula nada sabía de ella. Solamente percibía la oscura y densa firmeza de su deseo animal.





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