El arco iris
El arco iris Era este deseo mudo lo que había empujado a Skrebensky hasta ella. Ursula estaba desconcertada, dolida por cierta fijeza incurable que notaba en él, que la aterraba y le causaba una sensación de fría desesperanza. ¿Qué quería él? Sus deseos estaban profundamente enterrados. ¿Por qué no se aceptaba tal como era? ¿Qué quería? Quería algo innombrable. Ursula se encogió de miedo.
Sin embargo, estaba radiante de emoción. En su alma masculina, tenebrosa y subterránea, Skrebensky se arrodillaba ante ella, exponiéndose tenebrosamente. Ursula se estremeció, recorrida por aquella llama tenebrosa. Él aguardaba a sus pies. Estaba indefenso, a su merced. Ursula podía aceptarlo o rechazarlo. Si lo rechazaba, algo moriría dentro de él. Para él era cuestión de vida o muerte. Y sin embargo, todo debía continuar oculto en la oscuridad, la conciencia no podía reconocer nada.
–¿Cuánto tiempo te quedarás en Inglaterra? –preguntó Ursula.
–No estoy seguro… como mucho hasta julio, creo.