El arco iris
El arco iris –¿Siempre me has querido? –preguntó.
La pregunta, tan directa, abrumó a Skrebensky, le hizo zozobrar por unos momentos. La oscuridad se desplazaba como una masa gigantesca.
–Tenía que volver a tu lado –dijo, como hipnotizado–. Siempre estabas detrás de todas las cosas.
Ursula no contestó, triunfante, como el destino.
–Yo siempre te he querido –dijo entonces.
Una llama oscura saltó dentro de Anton. Tenía que entregarse a ella. Tenía que ofrecerle sus cimientos. La acercó a él y continuaron en silencio.
Ursula se sobresaltó de pronto al oír voces. Llegaban de una cerca, al fondo de los prados oscuros.
–Son enamorados –dijo él en voz baja.
Ursula dirigió una mirada a las siluetas oscuras apoyadas en la cerca, sorprendida de que la oscuridad estuviera habitada.
–Solo los enamorados vienen aquí de noche –añadió él.
Entonces, en voz baja y vibrante, le habló de África, de la extraña oscuridad, del extraño miedo a la sangre.