El arco iris

El arco iris

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–Entonces, demos un paseo… ¿Adónde vamos? –dijo.

–¿Vamos al río? –propuso ella, tímidamente.

Al momento habían subido al tranvía e iban camino del puente Trent. Ursula estaba muy contenta. La idea de pasear por las praderas remotas y oscuras, junto al río caudaloso, era puro éxtasis. El flujo silencioso del agua oscura en la grandeza de la noche agitada le producía una sensación de delirio.

Cruzaron el puente, bajaron, y se alejaron de las luces. En un instante, al abrigo de la oscuridad, Anton la cogió de la mano y siguieron andando en silencio, adentrándose en la noche con paso sutil. La ciudad humeaba a su izquierda, había en el ambiente luces y ruidos extraños, el viento se estrellaba contra los árboles y pasaba por debajo del puente. Andaban cuerpo con cuerpo, en poderosa armonía. Anton la acercaba contra él, la envolvía con una pasión arrasadora, furtiva, sutil, como si tuvieran un acuerdo secreto que encerraba el bien en la oscuridad profunda. La oscuridad profunda era su universo.

–Todo es igual que siempre –dijo Ursula.

Aunque de ninguna manera era como siempre. Sin embargo, Skrebensky estaba en íntima sintonía con ella. Compartían un mismo pensamiento.

–Sabía que volvería –dijo él por fin.

Ursula se estremeció.


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