El arco iris

El arco iris

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Un resplandor iluminó las facciones de Anton, su piel delicada y suave, sus ojos, grises y dorados, brillaron íntimamente para ella. Se inflamó, prendió en llamas y se volvió espléndido, majestuoso, como un tigre. Ursula apresó su fulgor resplandeciente y bruñido. Su corazón y su alma se cerraron rápidamente, se ocultaron. Se liberó de ellos. Estaba dispuesta a recibir su satisfacción.

Se sintió orgullosa y erguida, como una flor que exhibe su propia fortaleza. La calidez de Anton la colmaba de fuerza. Su belleza, resplandeciente en contraste con las demás personas, era un motivo de orgullo para Ursula. Parecía una deferencia especial con ella, y le hacía sentir que representaba para él toda la gracia y la flor de la humanidad. No era únicamente Ursula Brangwen. Era la mujer, era la totalidad de la mujer en el orden de la humanidad. Lo abarcaba todo, universal, ¿cómo podía limitarse a la individualidad?

Estaba exultante, no quería separarse de él. Su lugar estaba a su lado. ¿Quién podía alejarla?

Salieron de la tetería.

–¿Te apetece hacer algo? –preguntó él–. ¿Qué podemos hacer?

Era una noche de marzo, oscura y ventosa.

–No hay nada que hacer –dijo ella.

Ésa era la respuesta que Anton quería oír.


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