El arco iris

El arco iris

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Skrebensky se apartaba continuamente, se apartaba continuamente de su alma. Ursula lo veía en la India con toda claridad: un miembro de la clase dominante que sometía a una antigua civilización, dueño y señor de una civilización inferior a la suya. Era su elección. Se convertiría de nuevo en un aristócrata, investido de autoridad y obligaciones, por encima del populacho indefenso. Un miembro de la clase dominante, entregado en cuerpo y alma a la materialización y ejecución de una idea superior del Estado. Y en la India tendría mucho que hacer. El país necesitaba la civilización que él representaba: necesitaba sus carreteras y sus puentes, y la ilustración de la que él formaba parte. Se marcharía a la India. Pero aquél no era el camino de Ursula.

De todos modos, lo amaba, amaba su cuerpo, al margen de cuales fueran sus decisiones. Y él parecía querer algo de ella. Esperaba que se decidiera por él. Ursula había tomado esta decisión hacía mucho tiempo, la primera vez que él la besó. Era su amante, aunque eso significara el fin del bien y del mal. Su decisión jamás había flaqueado, aunque su corazón y su alma se hubieran visto obligados a vivir prisioneros y silenciados. Él la esperaba, y ella lo aceptó. Porque había vuelto a ella.



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