El arco iris
El arco iris Ursula volvió a estremecerse. Skrebensky era una voz que brotaba de la oscuridad. Le hablaba en voz baja, de África, transmitiéndole una sensación extraña y sensual: los negros, con su pasión laxa y suave, capaz de envolverla a una como el agua. Poco a poco, Anton le transmitió la oscuridad ardiente y fecunda que albergaba su sangre. Se comportaba con un secretismo extraño. Era preciso abolir el mundo entero. La sacaba de quicio con aquella voz suave, melosa y vibrante. Quería que ella respondiera, que comprendiera. La noche inmensa y túrgida, con todas las moléculas de su materia cargadas de fecundidad, se dilataba con la imparable y secreta urgencia del deseo fecundo, como si fuera a extinguirse. Ursula temblaba, tensa y vibrante, casi con dolor. Y él, poco a poco, dejó de hablarle de África, continuaron en silencio bordeando la oscuridad del imponente río. Ursula sentía las piernas vivas y en tensión, tenía la sensación de que emitían una vibración grave y profunda. Apenas podía sostenerse. La honda vibración de la oscuridad únicamente se sentía, no se oía.
De repente, Ursula se volvió a Anton y lo sujetó con fuerza, como si se hubiera vuelto de acero.
–¿Me quieres? –preguntó, angustiada.
–Sí –contestó él, con una voz como un lamento que no parecía suya–. Sí, te quiero.