El arco iris
El arco iris Skrebensky parecía la oscuridad viva, Ursula estaba atrapada en el abrazo de la intensa oscuridad. Él la abarcaba suavemente, con una suavidad inexpresable, con la persistente suavidad del destino, la implacable suavidad de la fecundidad. Ursula no paraba de temblar, como una cuerda tensa a punto de partirse. Pero él la abarcaba en todo momento, suave, interminable, la envolvía como la oscuridad, omnipresente como la noche. La besó, y Ursula se estremeció como si la destruyeran, como si la rompieran en pedazos. La vasija iluminada vibró y se quebró dentro de su alma, la luz se derramó, combatió y se volvió oscura. Ursula era oscuridad pura, despojada de voluntad, con una voluntad únicamente receptiva.
Anton la besaba, con sus besos envolventes y suaves, y ella respondía sin reservas, con el pensamiento y el alma perdidos. La oscuridad se clavaba en la oscuridad, y Ursula se aferraba a él, se adentraba en el suave flujo de sus besos, se hundía, se hundía hasta el manantial y el núcleo de sus besos, que la recorrían, la acariciaban, la cubrían, atravesaban hasta la última fibra de su ser como un arroyo, en una fecundidad oscura, y Ursula se aferró al núcleo de Anton, abriendo sus labios a las profundidades de aquel manantial.
Así se quedaron, envueltos en un beso absoluto y oscuro que los derrotó a los dos, los sometió, los entrelazó en un fecundo núcleo de oscuridad fluida.