El arco iris

El arco iris

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Era dicha absoluta, era la constitución nuclear de la oscuridad fecunda. Cuando el recipiente había vibrado hasta hacerse añicos, cuando la luz de la conciencia se había apagado, entonces reinaron la oscuridad y una satisfacción inexpresable.

Disfrutaron de aquel beso absoluto, aceptándolo, dándose a él interminablemente, y aun así no se agotaba. Les temblaban las venas, su sangre corría unida como un arroyo.

Hasta que poco a poco, un letargo, un sopor se apoderó de ellos, un letargo y un surgir del letargo, el despertar de una leve luz de la conciencia. Ursula era consciente de la noche a su alrededor, del chapoteo y la poderosa corriente del agua muy cerca, del rugido y el susurro del viento racheado.

Seguía cerca de Anton, en contacto con él, pero volvía en sí gradualmente. Y sabía que tenía que coger el tren. Sin embargo, no quería apartarse de él.

Por fin despertaron y se pusieron en camino. Dejaron de existir en la oscuridad inmaculada. Vieron los destellos de un puente, el parpadeo de las luces al otro lado del río, el amplio resplandor de la ciudad enfrente y a la derecha.

Sus cuerpos, sin embargo, seguían quietos, oscuros, suaves e incontestables, caminaban ajenos a las luces, arrogantes y en una oscuridad suprema.


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