El arco iris

El arco iris

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«Qué luces tan absurdas –pensó Ursula, en su arrogancia oscura y sensual–. Qué ciudad tan exagerada, artificial y absurda, irradiando sus luces. En realidad no existe. Reposa en la oscuridad ilimitada como el brillo irisado del aceite en el agua oscura, pero ¿qué es?… Nada, nada.»

En el tranvía, en el tren, Ursula tenía la misma sensación. Las luces, el uniforme cívico era un truco, la gente que iba andando o sentada eran meros muñecos. Bajo la pálida y acartonada pretensión de recato y finalidad cívica, la oscura corriente los arrastraba a todos. Eran como barquitos de papel a la deriva. Sin embargo, cada cual era una ola ávida, ciega y oscura que empujaba ciegamente, oscura y con el mismo deseo homogéneo. Y su conversación y su conducta eran una farsa, eran personajes disfrazados. Ursula se acordó del hombre invisible, que era un fragmento de oscuridad solo visible gracias a su ropa.

Pasó las siguientes semanas sumida en la misma suntuosidad oscura, con los ojos dilatados y brillantes como los de un animal salvaje, una media sonrisa en el rostro enigmáticamente iluminado, una media sonrisa que parecía burlarse de la pretensión de civismo de la vida humana que la rodeaba.


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