El arco iris

El arco iris

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Skrebensky se alojó en Nottingham. También él era libre. No conocía a nadie en la ciudad, no tenía que conservar su ser cívico. Era libre. Los tranvías, los mercados, los teatros y los actos públicos le parecían un caleidoscopio roto, observaba como un león o un tigre, acostado, con los ojos entornados, vigilando a la gente que pasaba por delante de su jaula, la irrealidad caleidoscópica de la gente, o como un leopardo acostado, parpadeando, atento a la incomprensible actividad de sus guardianes. Lo despreciaba todo: nada existía. Sus buenos profesores, sus buenos clérigos, sus buenos oradores políticos, sus buenas y honradas mujeres: a todas horas su alma se burlaba de todos ellos. ¡Tantas marionetas de madera y de trapo para la función!

Observaba al ciudadano, un pilar de la sociedad, un modelo, veía las patas tiesas del chivo, casi agarrotadas como la madera en su afán de moverse como una marioneta, veía los pantalones confeccionados para la acción de la marioneta: las piernas de un hombre, pero unas piernas que se han vuelto rígidas y deformadas, feas, mecánicas.





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