El arco iris
El arco iris Se sentía curiosamente feliz ahora, en su soledad. Había en su rostro una sonrisa radiante. Ya no tenía ninguna necesidad de participar en el falso espectáculo de los demás. Había encontrado su llave, había huido de la función, como un animal salvaje que regresa directamente a su selva. Encontró una habitación en un hotel tranquilo, alquiló un caballo para cabalgar por el campo y, a veces, se quedaba a pasar la noche en una aldea y regresaba al día siguiente.
Se sentía rico y abundante. Todo cuanto hacía le proporcionaba un placer voluptuoso, ya fuera montar a caballo, pasear, tumbarse al sol o beber en una taberna. No era de utilidad para nadie, tampoco para las palabras. Se deleitaba en todo, con una profunda sensación de voluptuosa riqueza interior y de la fecundidad de la noche universal en que habitaba. Estaba lejos de la gente, con sus rasgos de marionetas, sus voces de mecanismos de madera.