El arco iris
El arco iris Porque siempre contaba con sus encuentros con Ursula. Ella faltaba a clase con frecuencia, para salir a pasear con él por las tardes. Otras veces, alquilaban un coche de motor o un carro y se iban al campo, aparcaban el vehículo y se perdían en el bosque. Anton no había tomado a Ursula todavía. Con una economía instintiva y sutil, apuraban hasta el fondo cada beso, cada abrazo, cada uno de los placeres del contacto íntimo, sabiendo, en el subconsciente, que el último placer se aproximaba. Sería el acceso definitivo a las fuentes de la creación.
Ursula lo llevó a pasar un fin de semana en Beldover, con su familia. Le encantaba tenerlo en casa. Era extraño verlo adaptarse al ambiente familiar con su elegancia insidiosa y risueña. Todos lo querían, era uno más de la familia. Sus bromas, su presencia burlona, cálida y voluptuosa, eran carne y alegría para los Brangwen. Porque en esta casa siempre había un temblor de oscuridad, todos se despojaban de su forma de marioneta cuando entraban en ella, para tumbarse y adormecerse al sol.