El arco iris
El arco iris Había en todos ellos una sensación de libertad, una corriente de oscuridad soterrada. Sin embargo, aquí, en casa, a Ursula le disgustaba esta oscuridad. La encontraba desagradable. Y sabía que, si su familia se daba cuenta de cuál era su verdadera relación con Skrebensky, sus padres, su padre en particular, se volvería loco de rabia. Y así, sutilmente, Ursula se comportaba como cualquier muchacha cortejada por un hombre. Y era como cualquier muchacha. Interiormente, sin embargo, su antagonismo frente a las imposiciones sociales se había vuelto definitivo y absoluto.
Esperaba cada instante del día el siguiente beso de Skrebensky. Lo recibía con vergüenza y dicha. Esperaba casi conscientemente. También él esperaba, pero de un modo más inconsciente, hasta que llegaba el momento. Cuando llegaba el momento de besarla, sentía un temor aniquilador. Tenía la sensación de que su carne se volvía gris, el cuerpo le pesaba como un cadáver muerto de inanición, no existía cuando el tiempo pasaba sin que pudiera dar cumplimiento a sus deseos.
Por fin, Anton se acercó a Ursula, y su consumación fue sublime. Era una noche muy oscura y densa, y una vez más soplaba el viento. Cogieron el camino de Beldover y bajaron al valle. Habían agotado los besos y el silencio se instaló entre ellos. Se encontraban como al borde de un precipicio, con la inmensa oscuridad a sus pies.