El arco iris

El arco iris

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Se apartaron del camino en la oscuridad, con el campo oscuro desplegado bajo el viento, el centelleo de las luces de la estación abajo, el resoplido lejano de un tren en el cambio de agujas, el leve sonido metálico de los vagones arrastrado por el viento, las luces de la periferia de Beldover parpadeando en la negrura de la ladera, al otro lado, el resplandor de los hornos a lo largo de la línea del ferrocarril a la derecha, y sus pasos se volvieron vacilantes. Pronto emergerían de la oscuridad a la luz. Era como retroceder. Era impedir la consumación. Temblorosos, reacios, se detuvieron en el borde de la oscuridad, asomándose a contemplar las luces y la máquina a sus pies. No podían regresar al mundo: no podían.

Así, rezagándose, llegaron a un roble grande, a la orilla del camino. El viento rugía entre las ramas rebosantes de brotes, y el tronco vibraba hasta la última fibra, poderoso, indomable.

–Vamos a sentarnos –dijo Skrebensky.

Y en el rugiente círculo, al pie del árbol, casi invisible todavía, a pesar de que su poderosa presencia les daba la bienvenida, se detuvieron un momento y dirigieron la mirada al parpadeo de las luces en la oscuridad, al otro lado, mientras la mancha de un tren barría el extremo de su campo de visión oscurecido.


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