El arco iris
El arco iris Entonces, Skrebensky se volvió y besó a Ursula, y ella esperó a que la tomara. El dolor era el dolor que deseaba, la agonía era la agonía que deseaba. Estaba atrapada, enredada en la potente vibración de la noche. El hombre: ¿qué era? Una vibración poderosa y oscura que la envolvía. Se dejó arrastar, como por un viento oscuro, lejos, muy lejos, a la prístina oscuridad del paraíso, a la inmortalidad original. Se adentró en los campos oscuros de la inmortalidad.
Cuando se incorporó, se sentía extrañamente libre y fuerte. No estaba avergonzada, ¿por qué iba a estarlo? Anton iba a su lado, el hombre que había estado con ella. Ella lo había acogido, habían estado juntos. Adónde había ido, Ursula no lo sabía. Pero sentía que había recibido una naturaleza nueva. Pertenecía al espacio eterno, inmutable, al que habían saltado juntos.
Su alma se sentía segura y ajena a la opinión del mundo de la luz artificial. Al subir las escaleras del puente que cruzaba las vías y encontrarse con los pasajeros del tren, Ursula tuvo la impresión de pertenecer a otro mundo, pasó al lado de la gente, inmune, separada de todos por una oscuridad absoluta. Cuando entró en el comedor iluminado de su casa, era impermeable a la luz y a la mirada de sus padres. Su ser de la vida cotidiana era el mismo de siempre. Pero ahora tenía otro ser, más fuerte, que conocía la oscuridad.