El arco iris
El arco iris Esta fortaleza singular y distinta de todo, que existía en la oscuridad y en el orgullo de la noche, jamás la abandonaba. Nunca se había sentido tan plena. No se imaginaba que nadie, ni siquiera Skrebensky, el joven entre todos los jóvenes del mundo, pudiera tener ninguna relación con su ser permanente. En cuanto a su ser temporal, su ser social, Ursula decidió dejar que se hiciera cargo de sí mismo.
Toda su alma estaba comprometida con Skrebensky: no con el joven entre todos los jóvenes del mundo, sino con el hombre indiferenciado que era. Se sentía plenamente segura de sí, plenamente fuerte, más fuerte que el mundo entero. El mundo no era fuerte: ella era fuerte. El mundo existía exclusivamente en un plano secundario: ella existía en una posición suprema.
Siguió con su rutina de siempre, iba a la universidad con el único propósito de ocultar su oscura y poderosa vida interior. Su verdadero ser, y Skrebensky con ella, era tan poderoso que Ursula podía descansar en esa otra vida aparente. Iba a la universidad por las mañanas y asistía a sus clases, floreciente y remota.
Comía con Skrebensky en su hotel. Pasaba con él todas las tardes, bien en sus habitaciones de la ciudad, bien en el campo. A sus padres les ponía la excusa de que se quedaba a estudiar para los exámenes. Pero no prestaba la más mínima atención a sus estudios.