El arco iris
El arco iris Estaban felices, absolutos y tranquilos. La realidad de su propio ser consumado prevalecÃa indiscutiblemente sobre todo lo demás, y asà eran libres. A medida que pasaban los dÃas, solo querÃan más tiempo para ellos. QuerÃan que el tiempo les perteneciera en exclusiva.
Se acercaban las vacaciones de Pascua. Decidieron marcharse, sin más. Daba igual si nunca regresaban. Eran indiferentes a la realidad concreta.
–Supongo que deberÃamos casarnos –dijo Anton, con nostalgia. Disfrutaban de una libertad espléndida tal como estaban, en un mundo más profundo. Hacer pública su relación equivalÃa a ponerla al mismo nivel de las cosas que lo anulaban y de las que por el momento se habÃa disociado completamente. Si se casaba tendrÃa que adoptar su identidad social. Y la idea de adoptar su identidad social le causaba una inmediata sensación de inseguridad y abstracción. Si Ursula fuera su vida social, si fuera parte del estorbo de la realidad muerta, ¿dónde quedarÃa su vÃnculo con ella en esa otra vida sumergida? La mujer con la que uno se casaba era casi un sÃmbolo material. Mientras que ahora Skrebensky sentÃa a Ursula mucho más viva que cualquier circunstancia de la vida convencional, Ursula rechazaba radicalmente la vida convencional, estaban juntos, oscuros, fluidos, infinitamente poderosos, rechazaban rotundamente el todo muerto que los atrapaba.