El arco iris
El arco iris Pero el aire era frío. Volvían al dormitorio y se daban un baño antes de acostarse, sin cerrar las puertas del cuarto de baño, por lo que el vapor entraba en el dormitorio y empeñaba el espejo. Ursula siempre era la primera en meterse en la cama. Observaba a Skrebensky en la bañera, sus movimientos inconscientes y rápidos, el brillo de la luz eléctrica en sus hombros húmedos. Salía de la bañera con el pelo mojado y pegado a la frente, y se quitaba el agua de los ojos. Era esbelto y perfecto para Ursula, un joven de líneas limpias y rectas, sin un gramo de carne superflua. Tenía la piel cubierta de vello castaño, suave, fino y adorable, deliciosamente ruborizado en el cuarto de baño blanco.
Anton veía que Ursula lo observaba desde la almohada con el rostro cálido, iluminado en la penumbra… Pero en realidad no la veía… Aquel rostro siempre estaba presente y era para él como sus propios ojos. Nunca percibía a Ursula como un ser independiente. Ursula era para Anton como sus propios ojos y su propio corazón.
Y se acercaba a la cama para ponerse la camisa de dormir. Acercarse a ella siempre era una aventura apasionante. Ursula lo abrazaba alrededor de las caderas y olfateaba su piel cálida y suave.
–Perfume –decía.
–Jabón –contestaba él.