El arco iris
El arco iris Con frecuencia veían teñirse el parque de rosa al amanecer. La torre de la catedral de Westminster emergía envuelta en un resplandor, las farolas de Piccadilly se alejaban junto a los árboles del parque, se volvían pálidas como polillas, y el tráfico de la mañana marcaba los segundos en la calle sombría, que había resplandecido a lo largo de la noche como el metal, al pie de su ventana, adentrándose en la lejanía de la noche, bajo las farolas, y ahora, a la luz del amanecer, se tornaba difusa como la bruma.
Entonces, cuando el rubor de la mañana cobraba más intensidad, abrían las puertas de cristal del vertiginoso balcón, triunfantes como dos ángeles dichosos, y contemplaban el mundo, aún dormido, que no tardaría en despertar a su obediente, estruendoso y lento torbellino de irrealidad.