El arco iris
El arco iris Así la dejó, inexpresiva y vacía. Poco después, ella siguió preparando la bandeja para el vicario. Como necesitaba despejar la mesa, dejó los narcisos encima del aparador, sin fijarse en ellos. La frescura de las flores, al rozar su mano, persistió sin embargo hasta un buen rato después.
Eran dos desconocidos, siempre lo serían, y por esta razón la pasión era para Brangwen una tortura insufrible. ¡Tanta intimidad en el abrazo y tan completamente extraños en el contacto! Era insoportable. No soportaba estar cerca de ella y saber hasta qué punto eran extraños el uno para el otro, saber cuán profundamente desconocidos eran. Se adentró en el viento. Se habían abierto grandes claros en el cielo y en ellos brillaba la luna. A veces, alta, brillante y líquida, se deslizaba por un espacio vacío para refugiarse detrás de las nubes con los bordes eléctricos, de un color marrón tornasolado, componiendo una mancha de nube y de sombra. Luego, en algún lugar de la noche estallaba de nuevo un resplandor, como el vapor. Y el cielo era un hervidero de actividad y rasgaduras, un inmenso desorden de oscuridad y formas fugaces, de vapores de luz deshilachados y un gran halo circular de color pardo, y, de pronto, el terror de una luna que asomaba unos segundos, brillante y líquida, y hería los ojos antes de sumergirse otra vez en una nube.