El arco iris
El arco iris También Lensky era una especie de ogro. Lydia, atemperada por su sangre alemana y sus distintos orígenes, se vio anulada, arrastrada por las vehementes proclamas de su marido y su enardecido patriotismo. Paul era en verdad un hombre valiente, pero no había valentía comparable a la potencia de sus palabras. Trabajaba con ahínco, hasta que solo en sus ojos quedaba un rastro de vida. Lydia, como drogada, lo seguía igual que una sombra, igual que un eco, siempre a su servicio. A veces llevaba con ella a sus dos hijos, a veces iba sin ellos.
A su regreso de una de estas escapadas, encontró a sus dos hijos muertos de difteria. Su marido lloró sin esconderse, en presencia de todo el mundo. Pero la guerra seguía su curso, y Paul pronto volvió a su trabajo. Un velo de oscuridad envolvió el ánimo de Lydia. Se movía como una sombra, silenciada, presa de un pánico extraño y hondo, y anhelaba encontrar la satisfacción en el terror, entrar en un convento, satisfacer sus instintos de terror al servicio de una religión tenebrosa. Pero no pudo.