El arco iris
El arco iris Después huyeron a Londres. Lensky, el hombre menudo y delgado, tenía para entonces la vida entera atrapada en la resistencia y nunca más conoció la tranquilidad. Vivía instalado en una especie de irritabilidad insana, irascible y altivo en grado sumo, y quisquilloso hasta el extremo de que su presencia como médico auxiliar en uno de los hospitales pronto se volvió imposible. Lydia y Paul eran casi una pareja de mendigos. No obstante, él conservaba una excelente opinión de sí mismo, como si viviera en una alucinación absoluta, en la que se veía majestuoso y rebosante de vitalidad. Protegía celosamente a su mujer de su humillante posición, defendía su territorio como si blandiera una espada, y esto llenaba de asombro a los ingleses. Tenía un poder absoluto sobre Lydia, como si la hipnotizara. Ella se mostraba pasiva, abatida, siempre en la sombra.
Paul Lensky se estaba consumiendo. Cuando nació la niña, él no era más que un manojo de huesos y una idea fija. Lydia lo veía morir, lo atendía y atendía a la pequeña, pero en realidad estaba ajena a todo. La oscuridad se había adueñado de ella, como un remordimiento, o como el recuerdo de la oscura, salvaje y mística cabalgada del terror, de la muerte, de la sombra de la venganza.
Sintió alivio cuando murió su marido. Ya no lo tendría siempre encima, a todas horas.