El arco iris
El arco iris Su carne se ilusionaba, pero su alma estaba enferma. Aquel hijo parecía la confirmación de su propia nulidad. Sin embargo, su carne se alegraba de estar embarazada. Empezó a pensar que escribiría a Skrebensky, que se iría con él, se casaría con él, y viviría sencillamente como una buena mujer casada. ¿Qué importancia tenía el yo, la forma de la vida? Lo que contaba era vivir el día a día, la querida existencia en el cuerpo, suntuosa, apacible, completa, sin más allá, sin más preocupaciones, sin más complicaciones. Se había equivocado, había sido arrogante y cruel al desear esa otra cosa, esa libertad de fábula, esa plenitud ilusoria y engreída que con Skrebensky le parecía imposible alcanzar. ¿Quién era ella para buscar una plenitud vital tan fabulosa? ¿No le bastaba con tener a su marido, a sus hijos, su refugio bajo el sol? ¿No era suficiente para ella, como lo había sido para su madre? Se casaría, amaría a su marido y ocuparía su lugar con sencillez. Ése era el ideal.
De repente veía a su madre desde una perspectiva justa y leal. Su madre era sencilla y radicalmente leal. Había aceptado la vida que se le ofrecía. No había insistido, con arrogante engreimiento, en que la vida se adaptara a sus deseos. Su madre era auténtica, profundamente auténtica, mientras que ella había sido falsa, rastrera y engreída.