El arco iris
El arco iris Es tu hijo, y por esa razón tengo que venerarlo y someter mi cuerpo plenamente a su bienestar, no puedo permitirme pensar en la muerte, porque eso, una vez más, es puro engreimiento. Por eso, porque me has querido, y porque este hijo es tuyo, te pido que me aceptes. Si pudieras enviarme una palabra por cable, iría a tu lado en cuanto me fuera posible. Juro ser para ti una esposa fiel y servirte en todo. Porque ahora no siento nada más que desprecio por mí y mi absurda vanidad. Te amo… Amo todo lo que eres: has sido sencillo y bueno en todo momento, mientras yo era tan falsa. Cuando vuelva a estar a tu lado, mi único deseo será pasar el resto de mi vida refugiada en ti…
Escribió esta carta, frase a frase, con la más honda sinceridad. Sentía que por fin, por fin, había llegado a lo más profundo de su ser. Aquél era su verdadero ser, para siempre. Con este documento se presentaría ante Dios el Día del Juicio Final.
Porque ¿qué tenía que hacer una mujer sino someterse? ¿Para qué era su carne sino para engendrar, para qué su fortaleza sino para sus hijos y su marido, para qué sino para dar vida? Por fin era una mujer.
Dirigió la carta al club de Skrebensky, para que se la remitieran a Calcuta. La recibiría poco después de llegar a la India, tres semanas después de su llegada. En el plazo de un mes tendría noticias suyas. Entonces se marcharía.