El arco iris
El arco iris Como una mancha solitaria, tomó el camino de vuelta que atravesaba los páramos en línea recta. Era una senda estrecha en medio de la turba, entre altas matas de hierba, con espacio apenas para un conejo. Iba deprisa, atenta adónde pisaba, como un pájaro en el viento, sin pensar, con movimientos cautelosos. Pero sentía en su pecho una pequeña simiente de temor cada vez que se hundía en los hoyos encharcados.
De repente notó que había algo. Vio surgir entre la lluvia unos caballos, a lo lejos. Pero pronto estarían más cerca. No tenía más remedio que continuar. Los caballos se encontraban al abrigo de una arboleda un poco más adelante, en un promontorio. Siguió andando con la cabeza baja. No quería levantar la cabeza. No quería que los caballos la vieran. Continuó por el sendero montaraz.
Sentía una opresión en el pecho. Era el peso de los caballos. Pero los rodearía. Resistiría aquel peso sin flaquear y lograría escapar. Seguiría adelante, sin detenerse, hasta dejarlos atrás.
De repente el peso se acentuó y Ursula tensó su pecho para resistirlo. Estaba jadeando. Pero también resistiría este otro peso. Sin necesidad de mirar, sabía que los caballos se acercaban. ¿Qué eran? Oía los golpes secos de los cascos en la tierra. ¿Qué era lo que se le acercaba, aquel peso que le oprimía el corazón? No lo sabía, no quería mirar.