El arco iris
El arco iris La esperaban de nuevo. Se habían concentrado debajo de un roble, agrupados sus flancos victoriosos, ciegos, aterradores, y esperaban, esperaban. Esperaban a que ella se acercara. Ella se acercaba, como si viniera de muy lejos, a la hilera de robles espigados donde los caballos formaban una profunda masa de oscuridad, concentrados en un leve terraplén.
Ursula tenía que pasar por allí. Pero los caballos se espantaron, se desplegaron al trote, trazando un círculo amplio, para no verla, y al trote regresaron a la ladera de la colina.
Estaban detrás de Ursula. Tenía el camino despejado por delante, hasta la verja del seto, que ya no estaba lejos, y entonces podría entrar en la zona de las tierras cultivadas, más pequeña, y salir a la carretera y al mundo ordenado de la humanidad. Tenía el camino libre. Apaciguó su corazón. Pero su corazón estaba encogido de temor, siempre encogido de temor.
De repente la asaltó la duda, como un relámpago. Parecía que iba a caerse, pero continuó, tambaleándose, con paso vacilante. Se sobresaltó al oír el estruendo del galope de los caballos en el camino, a su espalda. El peso la aplastaba, la aplastaba hasta el límite de la extinción. No se atrevía a mirar, y el estruendo de los caballos la aplastaba.