El arco iris
El arco iris Cruelmente, los caballos se desviaron y pasaron con estrépito a su izquierda. Vio los flancos arrugados y torpes, los potentes cascos como un destello de brillo tembloroso, y uno tras otro, la dejaron atrás, concentrados, frenéticos.
Habían pasado de largo, con tembloroso estruendo, rodeándola. Entonces relajaron su galope desenfrenado, aflojaron el paso y, una vez más, se concentraron, al trote, en un rincón, al lado de la verja y de los árboles. No estaban quietos: se movían, intranquilos, se agruparon uniendo los flancos inquietos, con un propósito común. Se amotinaron contra ella.
Las fuerzas la abandonaron, la abandonaron definitivamente. No se atrevía a acercarse. El batallón concentrado y compacto de los caballos la había derrotado. Estaban agitados, intranquilos, la esperaban, seguros de su triunfo. Estaban agitados, con la agitación del triunfo esperado. Las fuerzas la abandonaron, sus piernas se diluían, toda ella se diluía como el agua. El imponente grupo de caballos concentraba toda la fuerza y todo el poder de la amenaza.
Le fallaron los pies, se detuvo. Era un momento decisivo. Los caballos movían los flancos, inquietos. Apartó la vista de ellos, derrotada. Ladera abajo, a doscientos metros a su izquierda, discurría en paralelo el denso seto. En mitad del seto crecía un roble. Podía subirse a las ramas y bajar por el otro lado.