El arco iris

El arco iris

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Temblando, con las piernas como el agua, con miedo de caerse en cualquier momento, empezó a abrirse camino, rodeando la masa de los caballos.

De repente, en un arranque de desesperación, echó a correr, se agarró al tronco nudoso del roble y empezó a trepar. Tenía el cuerpo muy débil, pero sus manos estaban duras como el acero. Sabía que era fuerte. Luchando con todas sus fuerzas consiguió colgarse de una rama. Los caballos ya empezaban a separarse, se movían, intentaban comprender. Ursula se abrió camino entre las ramas del árbol hasta el otro lado del seto. Cuando los caballos ya se acercaban, al trote, se dejó caer al suelo.

Pasó unos momentos sin poder moverse. Entonces, por el hueco que los conejos habían abierto a los pies del seto, vio los cascos de los caballos que se acercaban al trote. No podía soportarlo. Se levantó y cruzó el campo deprisa, en diagonal. Los caballos fueron galopando hasta la esquina del seto, al otro lado, y allí se concentraron. Ursula los sentía en todo momento, amontonados, mientras cruzaba el campo yermo a toda prisa. Ahora casi le daban lástima. Únicamente la voluntad sostenía a Ursula, hasta que, temblando, subió a la cerca, pasando por debajo de un espino inclinado sobre la hierba que crecía al borde de la carretera. Ya no tenía ningún objetivo, y se sentó en la cerca, inmóvil, apoyada en el tronco del espino.


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