El arco iris
El arco iris Mientras estaba allí, agotada, el tiempo y el flujo del cambio la abandonaron, como si yaciera inconsciente en el lecho de un arroyo, lo mismo que una piedra, inconsciente, inmutable, inalterable, y todas las cosas seguían su curso efímero, abandonándola, como una piedra que descansa en el lecho de un arroyo, inalterable y pasiva, hundida en las profundidades, inmune a todo cambio.
Se quedó mucho tiempo quieta, con la espalda apoyada en el tronco del espino, definitivamente aislada. Algunos mineros marchaban con paso cansado por la carretera mojada, hablando, con los hombros pegados a las orejas, sus siluetas borrosas y espectrales bajo la lluvia. Algunos no la veían. Ursula abría los ojos lánguidamente cuando pasaban a su lado. Un hombre que iba solo la vio entonces. La miró lleno de asombro, con el blanco de los ojos reluciente en la cara tiznada de negro. Vaciló, como si fuera a pararse a hablar con ella, asustado y preocupado. ¡Cómo temía Ursula que le hablara, cómo temía sus preguntas!