El arco iris

El arco iris

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Bajó de la cerca y echó a andar vagamente por la carretera… Vagamente. Estaba muy lejos de casa. Pensaba que tendría que seguir andando el resto de su vida, agotándose, agotándose. Paso tras paso, paso tras paso, siempre por la carretera mojada, bajo la lluvia, entre los setos. Paso tras paso, paso tras paso, la monotonía le producía una náusea profunda y fría. ¡Qué profunda era su fría náusea, qué profunda!

También la náusea se hundía hasta el fondo. Parecía que Ursula, este día, estuviera destinada a descubrir el fondo de todas las cosas: el fondo de todas las cosas. Bueno, al menos iba andando por la parte más profunda del lecho… Estaba a salvo, completamente a salvo, aunque tuviera que seguir eternamente, ahora que había llegado al fondo, sabía que no había nada más profundo. No había nada más profundo, y así solo cabía sentirse segura, pasiva.

Por fin llegó a casa. Le costó horrores subir la cuesta de Beldover. ¿Por qué tenía que subir la cuesta? ¿Por qué tenía que subir? ¿Por qué no podía quedarse abajo? ¿Por qué tenía que hacer el esfuerzo de subir? ¿Por qué tenía que hacer el esfuerzo de subir, cuando estaba en el fondo? Era un esfuerzo inmenso, agotador, una carga muy pesada. Siempre cargas, cargas por todas partes. Sin embargo, tenía que subir la cuesta y meterse en la cama. Tenía que meterse en la cama.


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