El arco iris

El arco iris

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Llegó a casa y subió las escaleras en la penumbra, para que no la vieran en aquel estado, empapada. Estaba demasiado cansada para bajar al cabo de un rato. Se metió en la cama y empezó a tiritar de frío, pero su apatía no le permitía levantarse o pedir ayuda. Y poco a poco empezó a encontrarse cada vez peor.

Pasó dos semanas muy enferma, delirando, con convulsiones atroces. Sin embargo, a pesar del dolor del delirio, tenía en todo momento la vaga certeza de existir, una sensación de permanencia. Era en cierto modo como la piedra en el fondo del río, inviolable, inalterable, inmune a cualquier tormenta que pudiera azotar su cuerpo. Su alma estaba inmóvil, permanente, arrasada de dolor, pero eterna en sí misma. A pesar de la enfermedad, conservaba un conocimiento profundo, inalterable.

Comprendía, y dejó de preocuparse. A lo largo de su enfermedad, cobrando formas difusas y distorsionadas, persistían las dudas sobre Skrebensky, como un dolor corrosivo, aunque era un dolor superficial que no llegaba a alcanzar el núcleo de su esencia impermeable y aislada. Pero la corrosión ardió hasta agotarse.



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