El arco iris
El arco iris ¿TenÃa que entregarse a él, tenÃa que someterse a él? Algo la compelÃa, y al mismo tiempo ese algo no era real. Siempre el dolor, el dolor de la irrealidad, de su entrega a Skrebensky. ¿Qué la ataba a él si no estaba atada a él? ¿Por qué persistÃa la falsedad? ¿Por qué la corroÃa la falsedad, la corroÃa sin tregua, por qué no lograba despertar a la claridad, a la realidad? Si al menos pudiera despertar, si al menos pudiera despertar, la falsedad del sueño, de su vÃnculo con Skrebensky, se esfumarÃa. Pero el sueño, el delirio, la inmovilizaban. Incluso cuando estaba tranquila y serena no conseguÃa librarse de su hechizo.
Sin embargo, no estaba sometida a su hechizo. ¿Qué extraño vÃnculo la ataba a él? Estaba atada. ¿Por qué no podÃa romper esta atadura? ¿Qué era? ¿Qué era?
En su delirio, se repetÃa mil veces esta pregunta. Y, por fin, el agotamiento le ofreció la respuesta: era el hijo que esperaba. El hijo la ataba a él. El hijo era como una cuerda atada en su cerebro, muy apretada. La ataba a Skrebensky.