El arco iris

El arco iris

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Pero ¿por qué, por qué la ataba a él? ¿No podía tener un hijo ella sola? ¿No era esto cosa suya, enteramente suya? ¿Qué tenía que ver el hijo con él? ¿Por qué tenía que estar atada a Skrebensky y a su mundo, inmovilizada y herida por esta atadura? El mundo de Anton se convirtió en su cerebro febril en una presión que la encerraba. Si no lograba salir de allí iba a volverse loca. La presión era Anton y el mundo de Anton: no el Anton al que ella poseía sino el Anton al que no poseía, poseído por otra influencia, por el mundo.

Luchó con todas sus fuerzas a lo largo de su enfermedad para liberarse de él y de su mundo, para apartarlo, apartarlo y ponerlo en su lugar. Pero él siempre recuperaba su poder sobre ella, siempre volvía a atraparla. ¡Ah, qué inexpresable agotamiento el de su carne, del que no conseguía desprenderse ni desatarse por el momento! ¡Si pudiera desatarse, si pudiera desligarse de sus sentimientos, de su cuerpo, del inmenso estorbo del mundo, de su padre y de su madre, de su amante y de todos sus conocidos!

A todas horas, en el dolor de su extenuación, se repetía: «No tengo ni padre ni madre ni amante ni lugar asignado en el mundo de las cosas. Mi sitio no está en Beldover ni en Nottingham ni en Inglaterra ni en este mundo, nada de esto existe, estoy atrapada y atada, pero todo es irreal. Tengo que salir de aquí, como una nuez de su cáscara de irrealidad».


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