El arco iris

El arco iris

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Y una vez más, a su cerebro febril, regresaba la viva realidad de las bellotas en febrero, esparcidas por el suelo del bosque, con la cáscara reventada y desechada, y su núcleo intacto, abriéndose camino. Ella era el núcleo desnudo y claro que empujaba el brote claro y poderoso, y el mundo era un invierno pasado, desechado, su madre, su padre y Anton, la universidad y todas sus amistades, todo lo abandonaba como un año que ha quedado atrás, mientras el núcleo, al fin libre y desnudo, lucha por convertirse en una nueva raíz, por crear un nuevo conocimiento de la eternidad en el flujo del tiempo. Y el núcleo era la única realidad: todo lo demás estaba abandonado en el olvido.

Esta sensación cobraba cada vez más fuerza dentro de Ursula. Cuando abrió los ojos por la tarde y vio la ventana de su dormitorio, el paisaje leve y envuelto en la bruma, todo era corteza y cáscara desechada, todo corteza y cáscara, no veía nada más, seguía encerrada, pero no aplastada. Había un espacio entre la cáscara y ella. La cáscara había reventado, empezaba a rajarse. Pronto echaría una raíz en un nuevo día, su desnudez ocuparía el lecho de un nuevo cielo y un nuevo aire, y la cáscara vieja, fibrosa, en descomposición, desaparecería.



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