El arco iris
El arco iris Los ingleses, por su parte, la trataban con mucho respeto, y la Iglesia comprendió que Lydia no quería nada de ella. Vivía sin pasión, como una sombra, a veces torturada por el amor a su hija. Su marido agonizante, con los ojos atormentados y el gesto tenso, era para ella una visión, no una realidad. En una de sus visiones lo enterraba y lo apartaba de ella. La visión cesó entonces, Lydia se tranquilizó, y el tiempo transcurrió gris, sin color, como un largo viaje en el que, inconsciente, viera desplegarse el paisaje a su lado. Cuando acunaba a su hija de noche, a veces se sumergía en una canción de cuna polaca, o hablaba consigo misma en su lengua materna. Aparte de estos momentos, jamás pensaba en Polonia ni en el mundo al que había pertenecido. Ese mundo era como una mancha gigantesca que acechaba en su oscuridad. En la actividad superficial de la vida era completamente inglesa. Incluso pensaba en inglés. Sin embargo, sus largos momentos de abstracción en el vacío y en la oscuridad eran polacos.
Así vivió algún tiempo. Luego, con leve inquietud, aprendió a despertar parcialmente a la vida en las calles de Londres. Tomó conciencia de que había algo a su alrededor, muy diferente, tomó conciencia de que estaba en un lugar extraño. Y después la enviaron al campo. Fue entonces cuando regresaron a su memoria recuerdos de su casa, cuando era niña, de la casa grande rodeada de tierra y de los campesinos del lugar.