El arco iris

El arco iris

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La enviaron a Yorkshire, a atender a un rector en su rectoría, a la orilla del mar. Ésta fue la primera sacudida del caleidoscopio que puso ante sus ojos una imagen, obligándola a verla. Los campos abiertos y los páramos le herían el cerebro. La herían sin remedio. Pero al mismo tiempo se le imponían como una presencia viva, despertaban en ella cierta fuerza de su infancia pasada, tenían cierta relación con ella.

Ahora veía el verde, el plateado y el azul de su entorno. Y había una extraña insistencia en la luz que llegaba del mar, a la que forzosamente tenía que prestar atención. Las prímulas brillaban por todas partes, por millares, y Lydia se inclinaba ante esta inquietante influencia que se extendía a sus pies, incluso cogía alguna flor, recordando vagamente, gracias al nuevo color de la vida, lo que había sido en otro tiempo. A cualquier hora del día, cuando se sentaba junto a la ventana del piso de arriba, la luz llegaba del mar, constantemente, constantemente, sin rechazo, hasta que sentía como si la luz se la llevara, y el murmullo del mar la adormecía, sumiéndola en un estado de relajación parecido al sueño. Su conciencia automática cedía entonces ligeramente, y Lydia a veces se quedaba paralizada por una dolorosa visión fugaz de su hija viva que le producía un dolor indecible. Su alma despertaba y prestaba atención.


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