El arco iris

El arco iris

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Era muy extraño el brillo continuo del mar revelado en el cielo, muy cálido y dulce el cementerio, en un rincón de la montaña, que recibía el sol y lo apresaba como se apresa una abeja entre las palmas de las manos cuando ya está aturdida. Hierba gris, líquenes y una pequeña iglesia, copos de nieve entre las briznas toscas y un puñado de sol increíblemente tibio.

Su ánimo estaba intranquilo. Cuando oía el rumor del arroyo a lo lejos, al pie de los árboles, se sobresaltaba y se preguntaba qué podía ser. En sus paseos encontraba campanillas que brillaban como una presencia, entre los árboles.

Llegó el verano, y una maraña de campanillas cubrió los páramos como el agua las rodadas de los caminos, y el brezo se volvió rosa bajo los cielos, despertando al mundo entero. Y Lydia estaba intranquila. Pasaba entre los matorrales de los barrancos encogida por su presencia y se adentraba entre los brezales como si se zambullera en un torbellino casi doloroso. Acariciaba con los dedos los dedos de su hija, aferrados a los suyos, oía su vocecita angustiada, como si intentara obligarla a hablar, destrozada.



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