El arco iris

El arco iris

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Y de nuevo se encogía y regresaba a su oscuridad, y allí se quedaba temporalmente borrada, alejada y a salvo de la vida. Pero llegó el otoño con el leve resplandor rojizo de los petirrojos cantores, el invierno oscureció los páramos, y Lydia volvió a la vida de una manera casi salvaje, exigiendo que se le devolviera su existencia, exigiendo que todo volviera a ser como había sido cuando era una niña, en su casa, en el campo, bajo el cielo. La nieve cubrió buena parte del paisaje, los postes del telégrafo recorrían la tierra blanca a grandes zancadas, lejos del cielo lúgubre. Y el deseo despertó de nuevo en ella, indómito, exigiendo que aquel lugar fuese Polonia, su juventud, que todo volviera a pertenecerle.

Pero aquí no había trineos ni campanillas, no veía acercarse a los campesinos como gente nueva, con sus pellizas de oveja y sus rostros saludables, lozanos y vivarachos, que parecían renacer y cobraban viveza cuando la nieve iluminaba la tierra. La vida de su juventud no regresaba a ella, no regresaba. Combatió con cierta angustia, y una vez más volvió a cobijarse en la oscuridad del convento, entre cuyas paredes se desataban la furia de Satanás y todos los diablos, y un Cristo blanco colgaba en la cruz de la victoria.



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