El arco iris
El arco iris Desde la habitación del enfermo veía volar los remolinos de nieve, como copos de sombras apresuradas en alguna misión decisiva a través de un mar inalterable y plomizo, más allá de la blancura definitiva de la costa recortada y las rocas negras, parcialmente sumergidas y salpicadas de nieve. Al alcance de la mano, sin embargo, la nieve suave cubría los árboles como brotes jóvenes. Únicamente la voz del vicario agonizante sonaba temblorosa y gris a sus espaldas.
Cuando empezó a nevar, él ya estaba muerto. Estaba muerto. Pero, con una extraña templanza, la mujer que había regresado a la vida observaba los copos de nieve en las puntas de las briznas de hierba, blancos y suspendidos en el viento, que no se los llevaba. Veía revolotear y cabecear las flores blancas y cerradas, ancladas por un hilo a la hierba verde grisácea, nunca arrastradas sin embargo por el viento, nunca a la deriva.
Al levantarse, por la mañana, el blanco amanecer golpeaba el mundo con ráfagas de luz que llegaban del levante como una pequeña tormenta de nieve que cobraba fuerza y violencia por momentos, hasta que el rosa y el dorado hicieron acto de presencia, y el mar se iluminó bajo los cielos. Lydia estaba impasible e indiferente. Pero había salido del recinto de la oscuridad.