El arco iris

El arco iris

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De nuevo atravesó un espacio de sombra y la familiaridad del culto al terror, y en esta temporada se mudó, sin darse cuenta, a Cossethay. Allí, al principio, no había nada: solo una nada gris. Hasta que un día se fijó en la luz del jazmín amarillo y después en la mañana y en el atardecer, en el canto incesante de los tordos entre los arbustos, y su corazón, azotado, no tuvo más remedio que alzar la voz para competir y responder. Pequeñas melodías acudieron a su memoria. Se sentía llena de desasosiego, casi de angustia. Se resistió, sabiéndose derrotada, y de temer la oscuridad pasó a temer la luz. Se refugiaba en casa siempre que podía. Ansiaba sobre todo la paz de su denso letargo anterior. No soportaba salir, tomar conciencia. Los primeros espasmos de este nuevo alumbramiento fueron tan dolorosos que Lydia llegó a pensar que no podría resistirlo. Prefería quedarse al margen de la vida, desgarrada, mutilada en este nacimiento, al que no lograría sobrevivir. No tenía la fuerza necesaria para nacer en aquel momento, en Inglaterra, un país tan extraño, bajo aquel cielo tan hostil. Sabía que moriría como una flor prematura, sin color ni perfume, que brota cruelmente al final del invierno, y quería proteger su mínima chispa de vida.




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