El arco iris
El arco iris Pero entonces llegó un día de sol, cargado de la fragancia de los matacabras, un día en el que las abejas tropezaban con los narcisos amarillos, y Lydia se olvidó de todo, se sintió como si fuera otra persona, como si no fuera ella, una persona nueva, bastante satisfecha. Se sabía, sin embargo, frágil, y eso la asustaba. El vicario roció los narcisos con harina de guisantes, para que las abejas se dieran un festín, y Lydia se rió mucho. Después llegó la noche, con brillantes estrellas a las que Lydia conocía desde hacía mucho tiempo, desde su infancia, y en la intensidad con que parpadeaban reconoció que eran las victoriosas.
No podía ni estar despierta ni dormir. Atrapada entre el pasado y el futuro, como una flor que empieza a asomar en la tierra y descubre que tiene una piedra encima, se descubría indefensa.