El arco iris

El arco iris

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El desconcierto y la indefensión no la abandonaban, se sentía rodeada por grandes masas en movimiento que acabarían por aplastarla. Y no había escapatoria: salvo en su antiguo letargo, en la fría oscuridad que luchaba por conservar. Pero el vicario le enseñó un nido en un arbusto, cerca de la puerta trasera. Lo primero que vio Lydia fue a la madre sentada en el nido, con las alas desplegadas, guardando celosamente su secreto. Las alas, tensas, ávidas, que protegían los huevos, se movían de una manera insoportable. Se acordó de ellas a la mañana siguiente, al oír su zumbido cuando se levantaba, y pensó: «¿Por qué no habré muerto allí, por qué me trajeron a este país?».

Veía a la gente que la rodeaba como presencias acechantes, no como personas. Le costaba mucho adaptarse. En Polonia, los campesinos, la gente, eran para ella lo mismo que el ganado, eran su ganado, objetos de su propiedad y a su servicio. ¿Dónde estaba aquella gente? Ahora que empezaba a despertar se encontraba perdida.

Sin embargo, había sentido la presencia de Brangwen casi como si la hubiera rozado. Había experimentado un cosquilleo en todo el cuerpo cuando se encontró con él en la carretera. Y después de los momentos que pasó con él en la cocina de la granja, la voz del cuerpo de Lydia había cobrado fuerza e insistencia. No tardó en desearlo. Era el hombre que más se había acercado a ella para invitarla a despertar.


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