El arco iris

El arco iris

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Pero siempre, entre un momento y otro, Lydia volvía a sumirse en su antigua inconsciencia, en su indiferencia, y en la intención de salvarse de seguir viviendo, hasta que una mañana se despertaba y notaba el latido de la sangre, y sentía que se abría como una flor en su vaina, al sol, insistente y poderosa en sus exigencias.

Tenía que conocer mejor a Brangwen, y su instinto se centró plenamente en él: únicamente en él. Su primer impulso fue de intenso rechazo, porque no era un hombre de su clase, pero un instinto ciego la impulsaba a tomarlo, aceptarlo y entregarse a él. Esto le daba seguridad. Lydia sentía las raíces de la seguridad de Brangwen, y su vitalidad. Además, era joven y sano. Le agradaban la firmeza y la vivacidad de sus ojos azules lo mismo que le agradaba la mañana. Él era muy joven.

Luego, otra vez volvía a sucumbir al letargo y la indiferencia. Pero este estado era por fuerza transitorio. La tibieza fluía por todo su cuerpo, y Lydia sentía entonces que se abría, se desplegaba y pedía, como una flor que se despliega plenamente bajo el sol, mientras los pajarillos diminutos entreabren el pico para recibir, para recibir. Y, desplegada, se acercaba a él, directamente a él. Y él se acercaba, despacio, temeroso, frenado por un temor difuso e impulsado por un deseo más grande que él.


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