El arco iris
El arco iris Recibió un telegrama de Skrebensky: «Me he casado». Un desprecio, una rabia y un dolor antiguos se agitaron en su corazón. ¿De verdad pertenecía Skrebensky completamente al pasado? Lo repudió. Skrebensky era como era. Estaba bien que fuera así. ¿Quién era ella para que un hombre se amoldara a sus deseos? No le correspondía crear sino reconocer al hombre creado por Dios. El hombre debía surgir de lo infinito y ella debía acogerlo. Se alegraba de no poder crear a su hombre. Se alegraba de no tener nada que ver con su creación. Se alegraba de que esto estuviera en manos del inmenso poder en el que por fin encontraba descanso. El hombre podía surgir de la eternidad, a la que ella pertenecía.
A medida que recobraba las fuerzas, se sentaba en la ventana a contemplar una creación nueva. Veía pasar a la gente por la calle, mineros, mujeres, niños, todos encerrados en la corteza de un fruto viejo, pero a través de la corteza se entreveía el contorno hinchado y pujante de una nueva semilla germinada. En las formas quietas y calladas de los mineros detectaba una especie de pausa, una dolorosa espera de la nueva liberación: lo mismo detectaba en la confianza dura y falsa de las mujeres. La confianza de las mujeres era muy frágil. Podía quebrarse en cualquier momento para revelar la fortaleza y el esfuerzo paciente de la nueva semilla germinada.