Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Ella y yo teníamos un curioso convencimiento común: una sospecha, quizá, del cuerpo no nacido de la vida oculto dentro del cuerpo de este moribundo que llamamos vida; y de ahí una tácita hostilidad hacia el mundo común, hacia sus leyes inertes. Éramos algo así como dos soldados en misión secreta en país enemigo. La vida y la gente eran el país enemigo para ambos. Pero ella nunca lo decía.
Siempre acudía a mí para descubrir lo que yo pensaba, especialmente en cuanto a moral. Aunque profunda y malhumoradamente descontenta con las normas morales convencionales, no sabía cómo adoptar normas propias. De modo que acudía a mí. Tenía que intentar poner en orden sus propios sentimientos. En este terreno se desvelaba su vieja fibra británica. Yo le decía lo que, en mi condición de hombre joven, pensaba; y, generalmente, ella quedaba resentida. Ella quería ser convencional. Actuaba incluso de un modo absolutamente perverso en su determinación de ser convencional. Pero siempre tenía que volver a mí para volver a preguntarme. Dependía moralmente de mí. Incluso cuando estaba en desacuerdo conmigo, la aliviaba y la reanimaba el conocer mi punto de vista. Sin embargo, estaba en desacuerdo conmigo.